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Volveremos a sentarnos en el muro del Malecón

Volveremos a sentarnos en el muro del Malecón

El Malecón es el lugar más concurrido de la ciudad, no importa la edad, cada quien le encuentra su encanto. Foto: Karel Miragaya/123rf

Por Josefina Pichardo

El Malecón de La Habana, mundialmente famosa avenida marinera, es de los lugares más frecuentados de la capital, por pobladores y visitantes, tal vez por su belleza paisajística y su trazado o por propiciar ese contacto único ciudad mar, que es como sentirse sumergido en las aguas del océano aun estando tan cerca del “mundanal ruido”.

Por estos días de aislamiento social impuesto por las medidas para enfrentar la COVID-19, yace inusualmente solitario a la espera de que esta pesadilla que hoy amenaza al planeta sea tan solo un recuerdo y una amarga experiencia.

Con sus aproximadamente diez kilómetros, el populoso eje de tránsito turístico recreativo que bordea el litoral norte de la urbe, es como su portal hacia el Atlántico; desde sus propios orígenes ha constituido una arteria principal de la urbe en el derrotero este-oeste.

El primer proyecto para una vía marítima en la ciudad fue presentado en 1863 por el célebre Ingeniero Francisco de Albear –aunque se llevó a cabo unas décadas después—; su muerte, en 1887, le impidió ver realizado ese sueño.

En 1895, se retomó la idea y el primer tramo, conocido como el “tradicional” –comprendido entre la fortaleza de La Punta y la explanada donde actualmente se emplaza el Parque Maceo—, fue iniciado en 1901 y concluido en 1919, en el contexto de un proceso general de reanimación y modernización de la capital.

Volveremos a sentarnos en el muro del Malecón

Foto: Karel Miragaya/123rf

De entonces acá ha tenido varios apelativos: Avenida del Golfo, Avenida de la República, General Antonio Maceo, pero ha quedado así simplemente… “el Malecón”.

En 1921, el muro y la avenida se extendieron hasta donde después fuera emplazado el Hotel Nacional. Posteriormente se contrató al arquitecto más competente de la época, Jean N. Forestier, quien trazó un plan único.

En la zona de la vieja Habana se amplió la Avenida del Puerto, robándole al mar sus bajos; así, el Malecón se extendió desde La Punta hasta la Plaza de Armas. Por la otra ala, se prolongó el muro hasta la Calle G, en 1930, y hasta el fuerte de Santa Dorotea de la Chorrera, en la desembocadura del río Almendares, entre 1950 y 1958, que completan los cinco tramos actuales.

Quedaron conectadas así las barriadas de La Habana Vieja, Centro Habana y El Vedado, por una sui géneris vitrina de la evolución cronológica de la arquitectura cubana, muestra de la dinámica perspectiva de diversas tendencias y estilos, desde los albores del XX hasta entrados los años 50.

Detrás del muro: renace La Habana

El proyecto Detrás del Muro, de la XIII Bienal de La Habana, llenó esta singular avenida de interesantes obras de arte. Foto: Archivo TTC

En este paseo, que ha sido sede de disímiles y trascendentales eventos, confluyen las principales vías de acceso del trayecto en cuestión y se alzan importantes edificios, hoteles, plazas y conjuntos monumentales.

El Malecón regala una de las mejores vistas de La Habana y es uno de sus más fascinantes atributos. Son caminos hechos sobre la mar que exacerban la venganza de la madre natura sobre el hombre en los días de los frentes fríos del norte, plasmada en altas y fantásticas olas que cubren a cuanto transeúnte o ente rodante circule por el litoral, espectáculo de singular belleza.

Volveremos a sentarnos en el muro del Malecón

Los pescadores son figuras habituales en el malecón. Foto: Edgar Bullon/123rf

Remanso de pescadores de orilla empedernidos que disfrutan incluso las jornadas infructuosas; regazo de amores y desamores salpicados de bruma salitrosa; esplendor de alboradas y ocasos; nocturnos de luna llena, plata reflejada en el impenetrable azul del océano; titileo de estrellas e infinitos palangres sobre el negro manto de las noches obscuras.

Sin dudas, al más romántico de los parajes habaneros, volveremos a ir… depende de todos.

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