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Los 195 años de El Templete

Por Ciro Bianchi

El Templete es el más pequeño y menos vistoso de los edificios que rodean la Plaza de Armas. Es, sin embargo, uno de los monumentos habaneros más visitados por cubanos y extranjeros.

Se alza frente al Palacio de los Capitanes Generales –actual Museo de la Ciudad­­– y a la izquierda del Palacio de los Condes de Santovenia donde funciona el hotel Santa Isabel. Se trata de la primera obra civil de carácter notoriamente neoclásico con que contó La Habana. Es de estilo griego y está compuesto de un arquitrabe de seis columnas de capiteles dóricos y zócalos áticos y cuatro pilastras más en los costados con otros adornos. Una lápida da cuenta de su inauguración. Dice:

“Reinando el señor don Fernando VII, siendo presidente y gobernador don Francisco Dionisio Vives, la fidelísima Habana, religiosa y pacífica, erigió este sencillo monumento decorando el sitio donde el año de 1519 se celebró la primera misa y cabildo. El obispo don Juan José Díaz de Espada solemnizó el mismo augusto sacrificio el dìa diez y nueve de marzo de mil ochocientos veinte y ocho”.

Opina un viajero

El escritor gallego Jacinto Salas y Quiroga decía en 1840, en su libro de viajes, que se trataba de “uno de los monumentos que más desea el viajero visitar en La Habana por poco que ame los recuerdos históricos”. A partir de ahí Salas se explaya en la descripción del edificio y los cuadros de carácter histórico que atesora. Expresa: “Preciso era descender a tantos detalles porque es este el único monumento que recuerda antiguos hechos, en la opulenta ciudad de La Habana. Invadida, hasta cierto punto, por el tráfico y comercio, inestable todavía en la forma de administración, insegura en su riqueza y poderío, es difícil que se ocupe en otra especie de obras que aquellas que le prometen un porvenir feliz. Así que el viajero aquí, más que ruinas, debe buscar gérmenes”.

La memoria de la primera misa y el primer cabildo celebrados a la sombra de la ceiba que en 1519 existía donde se edificó el Templete, hubiese tal vez desaparecido si Francisco Cagigal de la Vega, gobernador general de la Isla, no hubiese hecho erigir allí, en 1754, una columna conmemorativa a fin de recoger y perpetuar de manera ostensible la tradición. “La iniciativa de aquel gobernante estuvo fija en el porvenir”, escribía el historiador Emeterio Santovenia. Añadía: “Gracias a ella pasó a la posteridad una versión que, de otra manera, pudo experimentar transformaciones o extinguirse por obra del tiempo”.

La columna de Cagigal consta de tres caras; las tres provincias en las que entonces se dividía la colonia, y lucía, en lo alto, una imagen de la virgen del Pilar. Se leían en ella dos inscripciones alusivas. Con el tiempo esa columna fue desgastándose. Se deterioró lamentablemente ese sencillo monumento que casi permanecía oculto por las casillas y timbiriches de los vendedores de todo tipo de artículos que en su cercanía se instalaban.

Una obra durable

Eso impulsó a Francisco Dionisio Vives y Planes, conde de Cuba, gobernador y capitán general de la Isla, a restaurar la columna y a levantar, además, un monumento mayor. Fue criterio suyo y del Ayuntamiento habanero realizar una obra durable, que fuera digna no solo de los hechos que querían perpetuarse, sino también de la importancia que iba adquiriendo la ciudad. En sesión del 15 de junio de 1827, el alcalde-presidente del Ayuntamiento apuntó la necesidad de atender a la conservación de la columna de Cagigal, y el cuerpo municipal, consciente del deber en que se hallaba respecto a aquel punto, acordó restaurarla y despejar sus alrededores de casillas y timbiriches que desdoraban el paisaje.

Tomó cuerpo entonces la idea de un monumento de mayores dimensiones, y en el propio año de 1827 se puso manos a la obra que desde entonces recibió el nombre de Templete. Debió primar mucho interés en concluirla, pues a la vuelta de pocos meses quedó listo el edificio, en tanto que la columna era colocada sobre cuatro gradas circulares de piedra y se sustituía la imagen de la virgen del Pilar que la remataba por otra dorada a fuego, de una vara de alto.

Con motivo de la construcción del Templete, el obispo Juan José Díaz de Espada hizo erigir a sus expensas, muy cerca del edificio, un busto de mármol, con su pedestal, del almirante Cristóbal Colón. Una obra de autor desconocido y pobre ejecución que aún se conserva. Dentro del recinto cerrado por las verjas que circundan el Templete quedaron incluidos ese busto, la ceiba y la columna de Cagigal.

Solemne y pomposa

Salas y Quiroga alude a los lienzos de Juan Bautista Vermay, pintor francés avecindado en La Habana, donde murió, en 1833, víctima del cólera luego de haber fundado la academia de pintura de San Alejandro. Sus obras, de marcado valor histórico, todavía se conservan en el Templete. Dos de ellas evocan con imaginación, la celebración de la primera misa y el primer cabildo; la otra, recrea la ceremonia inaugural del monumento aquel 19 de marzo de 1828. Una ceremonia que la crónica describe como solemne y pomposa. Consistió en la misa que ofició Espada con la asistencia del capitán general y las principales autoridades militares, civiles y eclesiásticas, así como de los vecinos más notables de la villa, pues el Ayuntamiento se encargó de invitar a todas las corporaciones y personas distinguidas. Ante los asistentes, Espada pronunció un discurso que el historiador Pezuela calificó de erudito. Álvaro de la Iglesia, el célebre autor de las Tradiciones cubanas, al referirse a esta obra, dice en su libro Cosas de antaño que en la apertura del Templete Vermay logró tal exactitud en la pintura de personas y trajes que es “un verdadero y valioso testimonio histórico”.

Locura de la fiesta

Pobres y ricos celebraron por igual la inauguración del Templete. Hubo una ascensión aerostática, la primera que ocurría en Cuba desde 1796 y que reportó al aeronauta, que había llegado desde New Orleans, la nada despreciable suma de quince mil pesos. Hubo, además, funciones teatrales, recepciones y saraos en los palacios y bailes públicos y privados en los que se derrochó una fortuna. Dice Álvaro de la Iglesia que “en flores, joyas, banquetes, ostentación y alegría el dinero corrió como río desbordado y La Habana pareció presa de la locura durante dichas fiestas”. Hubo, por no dejar de haber, baile en uno de los navíos de la escuadra surta en puerto. Una fiesta para todos los gustos, dice De la Iglesia, ya que Vives “prestó atención a tres bases infalibles de la política colonial: baile, baraja y botella. Pueblo que se divierte, no conspira…”.

El propio Vives lo consigna explícitamente en su informe a Madrid; las fiestas habían tenido un carácter y una orientación abiertamente políticos, encaminados a distraer al pueblo de las luchas emancipadoras que se libraban en el continente y a exaltar la paz, la seguridad y la prosperidad de que disfrutaban “los fieles cubanos bajo el imperio de las leyes y el suave y paternal gobierno de Su Majestad”. (Tomado de Cubadebate)

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