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Es Cuba en el mundo: Una visión de Eusebio Leal

El Dr. Eusebio Leal Splenger, por siempre Historiador de La Habana, compartió con la prensa en la presentación oficial de la campaña de comunicación por el 500 aniversario de la capital, en El Templete, sitio fundacional de La Habana, ciudad a la que, a su decir, le dedicó 60 años de su vida. Foto: TTC

No hay palabras para referirse a un artífice sinigual del don de la palabra. Qué mejor para hablar del Dr. Eusebio Leal Spengler, por siempre Historiador de La Habana, que hacerlo mediante su propio discurso. TTC le rinde un modesto tributo al publicar esta entrevista concedida por él a nuestro medio, a propósito de la Feria Internacional de Turismo de 2009: un mensaje a los actores del turismo que mantiene total vigencia, tras más de una década.

 

Cuando se concibió el proyecto de restauración de La Habana Vieja, ¿se pensó en algún momento que podría incidir de forma tan significativa en el desarrollo turístico de Cuba?

 

Uno nunca piensa con tan larga visión cuando inicia los proyectos, aunque sí tiene fe en los resultados y cree que va a ser útil, que va a ser bueno: eso lo creía yo. Cuando esta proposición del Centro Histórico se convirtió en algo participativo, rebasó los límites de la arquitectura pura y comenzó a convertirse en un movimiento ciudadano; cuando dejó de ser algo que le interesaba solamente a las generaciones anteriores y los jóvenes empezaron a interesarse en lo que se generaba culturalmente aquí, además de la propia restauración urbanística y arquitectónica, me di cuenta de su trascendencia y de que había superado lo que inicialmente habíamos imaginado.

 

Cuando comenzamos –lo digo porque no fui yo solo, fuimos muchos colaboradores, no muchos, pero algunos– pensábamos que se trataba de restaurar esta casita o aquello, por el amor a la arquitectura, por el amor a lo singular de La Habana, que había sido no una iluminación, sino el fruto de una educación que al triunfo de la Revolución recibimos.

Recuerdo cuando llegué por vez primera al mundo socialista, a la Europa del Este, en todos los programas de visita se incluían museos, monumentos, plazas; sin embargo, aquí los museos estaban prácticamente desiertos. Entonces pensé que lo más correcto era hacer no lo mismo, sino algo parecido, diferente.

 

Inicié aquellas explicaciones a la caída de la tarde, dirigidas a las mujeres que iban a buscar los niños a los círculos infantiles, a los trabajadores que regresaban a casa… empecé a ofrecer conferencias en las esquinas… y me di cuenta que muchas personas estaban como con un pie para coger la guagua y con otro para quedarse a escuchar lo que se explicaba.

 

Y de esa manera, casi ambulante, inició una prédica que hoy prendió absolutamente; se convirtió en una obra material, se convirtió en una voluntad política de la nación, se convirtió, además, en un ejemplo internacional de esta Revolución.

 

La Habana Vieja está reconocida como un ejemplo, un paradigma de turismo sustentable; ya cuando se empezó a ver que tenía incidencia en el turismo ¿fue proyectado así o ha ido evolucionando en esta dirección?

 

Todo el que viene a Cuba quiere visitar La Habana, que es la capital de todos los cubanos. Siempre pensé que el turismo era una forma de romper el bloqueo, que si las personas rompían el bloqueo de una información absolutamente negativa contra Cuba y optaban por Cuba, era algo fundamentalmente político, más que económico.

 

Pero estaba en nuestras manos que se llevasen una buena o mala impresión de Cuba. Generalmente llegaban al país combativo, al país sitiado, al país resistente, pero también al país que tenía un patrimonio cultural, que tenía la ebullición propia de esos años iniciales en que la Revolución siembra en todos nosotros la semilla de la inquietud por la cultura, por el saber, por el conocimiento.

 

A partir de los noventa del siglo pasado, se decía que el turismo iba a ser en los cayos, en lugares distantes, alejados de las ciudades. Y resultó imposible porque el turismo tenía que acercarse al cubano. Lo más importante es el cubano como criatura, como persona, como alguien dialogante, como alguien que va por las calles y puede explicar, porque el cubano tiene una cultura, compra libros, lee el periódico, porque el más “primitivo” de todos, si puede existir alguno, es sensible a eso.

Entonces, todo el que viene a Cuba quiere venir a La Habana y si viene a La Habana quiere conocer y disfrutar de La Habana Vieja, entre otras cosas porque en este sitio pueden observarse signos del renacimiento seguro de la ciudad. No es solamente un lugar para contemplarlo, sino para vivirlo.

 

Y de ese concepto de vivir en La Habana Vieja surgió la novedad del proyecto de restauración, que es un proyecto de desarrollo social comunitario basado en la cultura, una cultura arquitectónica, arqueológica, artística, pero de desarrollo, de puestos de trabajo, de trabajo de género, atención a los minusválidos…

 

En un mundo en el cual muchas ciudades han apostado solamente por el turismo y se han convertido en ciudades turísticas, inhabitadas, ciudades vitrinas, La Habana Vieja ha merecido los premios y reconocimientos internacionales más importantes, porque la comparan con otras que han padecido o padecen esa desventura.

 

Es la ciudad viva por la que hemos luchado, pero también la ciudad limpia, la ciudad cultivada, la ciudad jardín, la ciudad en coexistencia amable entre el hombre y la naturaleza, entre la cultura y la vida cotidiana.

 

¿Ha influido este proyecto de La Habana Vieja sobre las restantes ciudades patrimoniales de Cuba?

 

Sí, tiene una repercusión, independientemente de que esas otras ciudades también influyeron en mí. El profesor Francisco Pratt Puig trabajó arduamente en Santiago, Carlos Joaquín Cerquera hizo lo indecible por Trinidad; Emilio Roig, mi maestro y predecesor, hizo cuanto pudo por La Habana, aunque su tiempo no fue el tiempo de la restauración.

A Pratt sí le tocó: reconstruyó ese bello Ayuntamiento donde hoy se hacen todos los actos, el balcón de Fidel; la que él llamó la casa más antigua –restaurada por él– no solamente la casa sino el tesoro que contiene; su contribución extraordinaria a la creación de la Universidad de Oriente. Y así, pudiera citar múltiples ejemplos.

 

No cabe la menor duda de que esa tradición influyó en mí, pero hoy nuestra labor ha influido eficazmente en Cuba: hoy, existen oficinas del Historiador en todo el país. Antes estaban los historiadores, pero no el concepto de Oficina del Historiador o del Conservador.

Ahora existen varios puntos buscando los mismos objetivos, aunque con matices y características propias de cada lugar. Nunca he pretendido, y me he opuesto inclusive, a una copia mecánica de lo que hacemos pues las condiciones de La Habana no son las mismas de Remedios, Sancti Spíritus, Santiago de Cuba, Trinidad o Pinar del Río.

 

Y aquí aprovecho para decir que no hay una sola población del país que no tenga valores patrimoniales, en la arquitectura vernácula y en su propia tradición cultural. Bastaría ir a Alquízar, Bejucal, Remedios…

 

Entre las proyecciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad ¿hay algunas en particular que usted considere que puedan ser interesantes para un público profesional del turismo?

 

Me forjé como Historiador explicando nuestra historia y tesoros patrimoniales a visitantes provenientes de muy diversos lugares del mundo y de Cuba, esperando en las plazas a que llegasen las guaguas cargadas de turistas. A veces salía corriendo de culminar un encuentro en la Plaza de Armas para recibir a otro grupo en la Plaza de San Francisco o en la plaza de la iglesia de la Merced. Iba explicando y explicando. Tengo mis fotografías de esos años 1964-65, en que estoy recorriendo toda Cuba entre los primeros guías de turismo.

 

Creo que esa es la verdad, mi propia verdad: explicar bien, enseñar, sensibilizar. El trabajo turístico en ese sentido tiene que ser culto: trastrocar la imagen de un país de palmeras y rumberas en otro constituido por un pueblo de ideas, un país de cultura, de tradiciones, un país que tiene una música, un folklore, una poesía, una arquitectura, un arte y que tiene una gente, sobre todo, que es necesario conocer.

 

Por eso la categórica afirmación de que sí, de que hay que abrir esa puerta y llamar para que vengan de todas partes del mundo, para que conozcan Cuba. Pienso que es indispensable para nosotros también, porque no hay cosa más interesante que salir a una plaza hoy y escuchar que en una calle de La Habana se hablan las lenguas de los distintos y remotos parajes del mundo. Es Cuba en el mundo.

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