Especial TTC: Turismo en 2026: oportunidades y desafíos para Latinoamérica y el Caribe

Por: José Luis Perelló

El turismo en Latinoamérica se ha consolidado a lo largo de estos últimos años como una de las actividades estratégicas más importantes para las economías de los países, el fortalecimiento de la identidad cultural y la cohesión social de la región. Su diversidad geográfica, histórica y cultural, unida a la calidez de sus habitantes, ha permitido que países con distintos niveles de desarrollo encuentren en el turismo una vía de progreso económico, integración internacional y proyección global de sus riquezas tangibles e intangibles.

Las tendencias apuntan en 2026 a un nuevo turismo más inteligente, emocional y diseñado a la medida por el propio viajero. Los destinos tienen que entender que no se compite con fotos, sino con identidad. Ahora no basta con mostrar monumentos: hay que transmitir cultura, propósito, estilo de vida. Así, el “city branding” se vuelve narrativo, íntimo y humano. Las postales, las experiencias sonoras, los relatos personales y las voces locales construyen ahora el imaginario del destino.

La región de América Latina y el Caribe recibe cada año más de 125 millones de visitantes internacionales, y los ingresos generados por el sector turismo, que incluye tanto el turismo como todos los sectores que dependen de él, representó el 26% del PIB total en el Caribe y el 10% en América Latina. Además, abarcó el 35% del empleo en el Caribe y el 10% en América Latina. En este sentido, países insulares caribeños como Antigua y Barbuda, Aruba, Santa Lucía y Anguila tienen una dependencia mayor al 50% de su Producto Interno Bruto.

Al mismo tiempo, la inversión extranjera encuentra en el turismo una puerta de entrada para proyectos hoteleros, desarrollos inmobiliarios turísticos, parques temáticos y circuitos de infraestructura de transporte, que se han multiplicado en países como México, República Dominicana, Perú, Colombia, Chile, Panamá y Brasil. Esta afluencia de capital contribuye a la modernización de la infraestructura turística y a la mejora de la conectividad aérea y terrestre, factores indispensables para mantener la competitividad en un mercado global cada vez más exigente.

Comprender el alcance del turismo en América Latina y el Caribe supone analizarlo no solo desde los ingresos y empleos que genera, sino también desde la manera en que incide en la preservación de la naturaleza, del patrimonio, la revitalización de las culturas locales, la inclusión social y la promoción de valores compartidos.

En muchos países de la región, el turismo es uno de los principales motores de crecimiento, atrayendo inversión extranjera, modernización tecnológica y promoviendo el ingreso de divisas. La importancia de este sector hay que medirlo por su efecto multiplicador: un aumento en llegadas turísticas estimula sectores como transporte, agricultura, construcción y telecomunicaciones.

La dinámica global del turismo, en este 2026, presenta oportunidades únicas para América Latina y el Caribe. El auge del turismo de naturaleza, el ecoturismo, el turismo de bienestar y el turismo de experiencias auténticas coincide con las fortalezas naturales y culturales de la región. La biodiversidad del Amazonas, la riqueza de los Andes, la vastedad de la Patagonia, las maravillosas playas del Caribe, así como la variedad de climas y paisajes, convierten a la región en un macrodestino privilegiado para quienes buscan contacto con la naturaleza y experiencias transformadoras.

La sostenibilidad ha dejado de ser un distintivo para convertirse en punto de partida. Ahora se impone una idea más ambiciosa: el turismo regenerativo. No basta con no dañar, hay que aportar. Eso implica proteger el entorno, activar economías locales, reforzar vínculos con la comunidad y dejar un legado positivo.

En este entorno, los parques nacionales y áreas protegidas son espacios clave para el turismo de naturaleza en América Latina. Regiones como la Amazonía, la Patagonia, los Andes y el Caribe concentran ecosistemas únicos que atraen a millones de visitantes. Estos espacios ofrecen experiencias como caminatas, observación de fauna, campamentos y recorridos en bote, al tiempo que cumplen una función esencial de conservación y regeneración.

El patrimonio cultural tangible constituye uno de los grandes pilares de la oferta turística mundial, en que América Latina y el Caribe cuentan con una riqueza excepcional en este ámbito. Pueblos Mágicos, ciudades coloniales como Cusco, Quito, Cartagena o Antigua Guatemala son destinos icónicos que atraen a millones de visitantes cada año. Los monumentos arqueológicos, como Machu Picchu, Teotihuacán, Copán, Chichén Itzá o Tikal, forman parte de la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO y son referentes globales de identidad cultural.

Las rutas culturales patrimoniales y temáticas son una estrategia innovadora para diversificar y descentralizar la oferta turística. Las rutas conectan múltiples destinos unidos por un hilo conductor, como la historia, la religión, la gastronomía o la música. Estas rutas permiten al viajero sumergirse en relatos históricos y culturales mientras distribuyen los beneficios económicos en diferentes territorios.

Otra tendencia relevante es la creciente demanda de turismo sostenible y responsable. Los viajeros internacionales, en especial las generaciones jóvenes, valoran cada vez más el respeto al medio ambiente, la autenticidad cultural y la contribución social de sus viajes. Esto representa también una oportunidad única de consolidarse como líder en sostenibilidad turística, siempre que logre articular políticas claras, certificaciones confiables y narrativas de valor que transmitan su compromiso con el planeta y con las comunidades.

La identificación de la región basada casi exclusivamente en sol y playa, si bien ha sido durante décadas un motor fundamental, está dando paso a un nuevo modelo centrado en las experiencias personalizadas y auténticas. La combinación de playas paradisíacas, clima cálido y resorts todo incluido atrae a millones de visitantes, generando importantes ingresos. Sin embargo, este modelo enfrenta desafíos: saturación, dependencia de un único producto e impactos ambientales en arrecifes, dunas y manglares.

Los viajeros actuales ya no buscan únicamente descansar en un hotel todo incluido frente al mar, sino vivir experiencias transformadoras que conecten con sus emociones, sus valores y su identidad personal. Innovar, en este sentido, significa crear productos turísticos que respondan a nuevas motivaciones de viaje y que se adapten a segmentos específicos del mercado global.

El reto para América Latina en este sector consiste en garantizar que la explotación turística de la naturaleza y la cultura no derive en su banalización o pérdida de autenticidad. Esta tarea obliga a establecer políticas de turismo responsable que protejan las expresiones tradicionales, fomenten la participación de comunidades originarias y valoren la diversidad cultural como un activo irremplazable.

El futuro del turismo en América Latina, en este 2026, que ha iniciado con un escenario de confrontaciones políticas, sociales y militares, dependerá de la capacidad y habilidad de los gobiernos, el sector privado, la academia y las comunidades de trabajar de manera coordinada en una visión compartida. Solo así se podrá aprovechar plenamente el potencial de esta industria para generar prosperidad, inclusión y desarrollo sostenible.

Algunos de los desafíos importantes que enfrentan los países del Caribe insular incluyen la dependencia de las importaciones de productos básicos, la falta de diversificación económica, la falta de inversión en tecnología y la falta de integración regional. Además, estos países son particularmente vulnerables al cambio climático, la afectación de arrecifes de coral y a los desastres naturales, lo que puede afectar gravemente su economía y, por supuesto, al turismo.

La región también enfrenta retos significativos como mejorar la conectividad aérea y terrestre, incrementar la seguridad en algunos destinos, reducir la burocracia en trámites de visas, combatir la informalidad laboral y desarrollar infraestructura adaptada a las necesidades de turistas con discapacidad o movilidad reducida.

El turismo en 2026 para toda la región dependerá de la cooperación internacional, el intercambio de nuevos modelos prácticos y la integración de la tecnología y la innovación como ejes estratégicos. Hay que tener presente la importancia de una gobernanza participativa con los distintos actores del sector, desde gestores públicos y privados hasta las comunidades locales, garantizando que el turismo se convierta en un instrumento de progreso equitativo y respetuoso con el medio ambiente. El trabajo conjunto y la visión compartida son caminos sólidos para afrontar desafíos globales, desde la adaptación al cambio climático hasta la evolución de las preferencias de los viajeros.

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