Lo que no dice la Guantanamera

Una colaboración de Yoanna Cervera/ Fotos: Guantanamo Travel

Cuando en Cuba empieza a amanecer, la luz siempre elige un mismo punto para asomarse primero: la punta más oriental de la isla. Por eso los guantanameros dicen con orgullo, que ellos reciben el sol antes que nadie, como si cada amanecer fuera un regalo exclusivo. Así que cuando alguien tararea la «Guantanamera, guajira guantanamera», quizás no sabe que está invocando, sin querer, la tierra donde primero nace el día. Y lo que sigue es una invitación a recorrerla.

La ciudad de Guantánamo: calles rectas y mucho más

Antes de adentrarse en montañas y costas, vale la pena detenerse en la capital provincial. Guantánamo es una ciudad de trazado cuadricular, con calles rectas y amplias que la diferencian del diseño colonial de otras urbes cubanas. Quien la camina descubre una particularidad: confluyen muchos estilos arquitectónicos y casi todas las viviendas tienen toldos en sus portales, un recurso contra el intenso calor. La ciudad es conocida en la isla por su fervor cultural, cuna de músicos y reconocidos artistas, sede del Festival del Changuí, dedicado a ese ritmo campesino autóctono de la región. En la Plaza de la Revolución Mariana Grajales Coello, una escultura de la patriota independentista recuerda que esta también es tierra de mambisas.

Baracoa, la primera villa

A poco más de tres horas por carretera desde la capital provincial, siempre que se atraviese La Farola, se llega a Baracoa. Fundada en 1511 por Diego Velázquez, es la ciudad más antigua de Cuba y la primera capital de la isla. Aquí se conserva la Cruz de la Parra, una de las veintinueve cruces que trajo Cristóbal Colón en su primer viaje y que plantó a su llegada en 1492. Estudios científicos han confirmado que la madera data de finales del siglo XV, lo que la convierte en el único resto físico comprobado del primer viaje del almirante que se conserva en América.

La ciudad está custodiada por el Yunque, una montaña de mesa de 575 metros de altura que los baracoeses usan aún hoy como referencia para pronosticar el tiempo: si tiene nubes en la cima, prepárese para la lluvia. Por sus inmediaciones corren el río Toa, el más caudaloso de Cuba, con 130 kilómetros de longitud y una cuenca que alberga más de mil especies de plantas endémicas, y el río Miel, que desemboca en la bahía junto a la ciudad, un afluente que al decir de muchos «quien se baña, se queda en Baracoa».

La Farola

Para llegar a Baracoa por tierra hay que atravesar La Farola, una carretera de 62 kilómetros inaugurada en 1965 que conecta la ciudad con el resto del país. Está considerada una obra maestra de la ingeniería civil cubana y uno de los caminos más espectaculares del Caribe. Tiene once puentes, innumerables curvas y un tramo que asciende hasta los 600 metros sobre el nivel del mar, con miradores desde los que se abarca la selva del Parque Alejandro de Humboldt por un lado y el mar por el otro. Fue declarada Monumento Nacional en 2019.

Maisí y su faro

En el extremo más oriental de Cuba, en la Punta de Maisí, se levanta un faro que comenzó a funcionar en 1862. Con 32 metros de altura, sus destellos alcanzan las 28 millas náuticas y sigue siendo una referencia vital para la navegación en el paso de los Vientos. Los acantilados de la zona caen a pico sobre el mar y en sus inmediaciones se encuentra el Pozo Azul, una formación cársica de aguas turquesas de unos quince metros de profundidad, alimentada por filtraciones subterráneas.

Para llegar hasta el faro hay que recorrer los más de 30 kilómetros de la carretera de Maisí, abierta en los años setenta y que bordea la costa con vistas que quedan grabadas.

Parque Nacional Alejandro de Humboldt

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001, este parque protege unas 70 mil hectáreas (casi 700 kilómetros cuadrados) de los macizos montañosos de Nipe-Sagua-Baracoa. Es una de las reservas de biodiversidad más importantes del planeta, con altos niveles de endemismo: se estima que más del 70 por ciento de las plantas que alberga no existen en ningún otro lugar del mundo.

Aquí vive la polimita (Polymita picta), considerado el caracol más bello del orbe, con sus franjas de colores que van del amarillo al negro pasando por el rosa y el marrón. También habitan el almiquí (Solenodon cubanus), un mamífero insectívoro nocturno que parece salido de otro tiempo; la jutía conga, el más grande de los roedores cubanos; y decenas de especies de aves como el carpintero verde, el cartacuba y el tocororo (Priotelus temnurus), que lleva en el pecho, la espalda y las alas los colores de la bandera cubana. La vegetación incluye helechos arborescentes, orquídeas y palmas endémicas como la copernicia fallaensis.

El changuí y la tumba francesa

En las lomas de Guantánamo nació el changuí, una variante rústica del son que se toca con marímbula, bongó, güiro y voz, y que todavía hoy anima las fiestas en los bateyes de la zona. Pero Guantánamo también es tierra de herencia haitiana: la tumba francesa, declarada Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2003, es una expresión musical y danzaría que los esclavos franceses llegados de Haití a finales del siglo XVIII trajeron consigo.

En la ciudad de Guantánamo, la Sociedad de Tumba Francesa La Pompadour, fundada en 1886, mantiene viva la tradición con sus tambores largos (el manmá y el bulá), sus cantos en creole y sus bailes de faldas amplias.

El Guirito

No es un baile ni un instrumento: El Guirito es una comunidad rural ubicada a unos diez kilómetros de Baracoa, en la costa norte. Sus pobladores, descendientes de pescadores y agricultores, viven en un paisaje de gran belleza donde el monte llega hasta la orilla del mar. La zona es conocida por la sencillez de su vida cotidiana y por conservar tradiciones vinculadas a la pesca y el cultivo del coco.

Zoológico de Piedras

En el municipio de Yateras, a unos 35 kilómetros de la ciudad de Guantánamo, se encuentra el Zoológico de Piedras. No es un capricho de la naturaleza: fue un sueño esculpido por Ángel Íñigo, un campesino devenido artista naif que en 1977 comenzó a tallar las rocas de su finca con herramientas sencillas, dándoles formas de animales. A su muerte en 1993, su hijo Ángelito continuó la obra. Hoy el conjunto cuenta con más de 400 figuras distribuidas en un área de unas dos hectáreas: elefantes, camellos, tortugas, dinosaurios, leones, aves y otras especies emergen de la piedra en medio de la vegetación, en un diálogo insólito entre la creación humana y el paisaje natural. El lugar es único en su tipo en Cuba y atrae cada año a cientos de visitantes.

La gente

El guantanamero habla con una cadencia que parece música, tiene una manera de decir las cosas que invita a quedarse. Pregunta cómo estás y de verdad quiere saberlo. Te ofrece café, te señala el camino, te cuenta una historia que su abuelo le contó a su padre y su padre le contó a él. Son personas hechas de montaña y de mar, de resistencia y de alegría, de esa mezcla que solo se da en Cuba.

Así que cuando alguien vuelva a tararear eso de Guantanamera, guajira guantanamera, quizás ya no sea solo una melodía. Tal vez sea una invitación a dejarse caer por esa provincia que recibe el sol antes que nadie, que tiene una ciudad de calles rectas con toldos en los portales, la cruz más antigua de América, un faro en el fin del mundo, un caracol único, setecientos kilómetros cuadrados de naturaleza primigenia, una carretera que es monumento, cuatrocientas figuras de piedra esculpidas por un campesino y una memoria que baila al ritmo de tambores franceses.

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