Especial TTC: Modelos de negocios en turismo, la venta inteligente

Por: José Luis Perelló
En los últimos años, el sector de la hotelería y la restauración vive en un estado de tensión constante. Y ojo, no es una crisis pasajera. Es un reajuste estructural. Viene de muchos frentes: competencia creciente, guerra de precios que come márgenes, la necesidad de maximizar ingresos por ocupación y una dependencia cada vez más grande de intermediarios que se llevan su tajada en forma de comisiones.
Todo esto, además, con los costos por las nubes. La falta de sistemas estructurados de venta en los equipos operativos está limitando la capacidad del sector para aumentar ingresos sin que se resienta la satisfacción del cliente.
Frente a este panorama, empiezan a verse corrientes que quieren redefinir el modelo tradicional. Una de las tendencias más claras es esta: aprovechar mejor cada interacción con el cliente, con una atención más orientada a la venta, pero sin descuidar la satisfacción. La idea no es nueva, pero llevarla a la práctica sigue siendo uno de los mayores dolores de cabeza del sector.
El equilibrio entre vender más y cuidar la experiencia del cliente es el corazón del problema. Y no es que nadie quiera lograrlo. Es que es muy difícil ejecutarlo bien.

Primer obstáculo: una barrera cultural profunda. El personal le huye a «vender». En muchos equipos, vender se siente como algo intrusivo, incompatible con el servicio. Para contrarrestarlo, algunas empresas meten sistemas de retribución variable. Pero si esos sistemas no están bien diseñados ni sostenidos por una estructura sólida, pasan cosas raras. Por un lado, aparecen perfiles que solo miran el resultado inmediato, aunque la experiencia del cliente se vaya al suelo. Por otro, hay perfiles que ni se enteran de la iniciativa comercial.
Segundo problema: la falta de liderazgo comercial. Muchos responsables operativos no han sido formados para detectar oportunidades de venta, ni para desarrollar a sus equipos en esa dirección, ni para hacer seguimiento de indicadores clave más allá de la operación del día a día. Sin esa capa de liderazgo, cualquier intento de cambio se diluye o se aplica de manera inconsistente.
Tercero: la ausencia de sistemas. Todavía hay muchas empresas operando sin un enfoque iterativo, sin métricas claras, sin procesos que permitan aprender, ajustar y escalar. En ese contexto, cualquier iniciativa se pierde. No tiene continuidad. Y termina generando más fricción que valor.
Las consecuencias de meter cambios sin una base sólida son predecibles: presión innecesaria sobre el cliente, deterioro de la reputación y, al final, pérdida de fidelidad. O sea, justo lo contrario de lo que se buscaba.
Así que el verdadero reto del sector no es subirse a las nuevas tendencias. Es construir una estructura de negocio que las haga viables. Eso implica rediseñar procesos, profesionalizar el liderazgo, introducir sistemas de medición y, sobre todo, empujar un cambio cultural profundo dentro de la organización.

En el horizonte inmediato, no van a destacar los que antes incorporen herramientas o discursos orientados a la venta. Van a destacar los que sean capaces de integrar todo esto en un modelo coherente, sostenible y centrado en el cliente. No se trata de vender más. Se trata de crear organizaciones capaces de generar más valor en cada interacción.
Los productos y servicios son cada vez más parecidos. Los clientes pueden comparar precios, leer reseñas y encontrar alternativas con unos pocos clics. En un mercado tan transparente, diferenciarse solo por el producto o el precio es cada vez más difícil. Entonces, ¿qué queda?
Para un número creciente de organizaciones, la respuesta está en la experiencia del cliente. No solo lo que se vende, sino especialmente cómo se interactúa con ellos. Eso es lo que determina si una relación crece o se deteriora. La experiencia del cliente se crea en cada punto de contacto. Por eso, en las ventas modernas, el enfoque se desplaza de las transacciones a las relaciones. Ya no se trata solo de cerrar un trato. Se trata de construir relaciones duraderas. Ahí es donde las personas marcan la diferencia.
La experiencia del cliente en ventas abarca todo el recorrido del cliente en todos los puntos de contacto con una organización y sus profesionales. Empieza con la primera conversación y continúa durante toda la colaboración.

Una experiencia positiva ocurre cuando los clientes notan que:
• Realmente están siendo escuchados
• Su situación se toma en serio
• Se piensan juntos las soluciones
• La comunicación es clara y confiable.
Cuando las organizaciones logran eso, se construye confianza. Y la confianza es la base de relaciones sólidas y duraderas.
Muchas organizaciones invierten en productos, sistemas y procesos para fortalecer su posición. Desarrollan nuevas propuestas, optimizan sistemas CRM, agilizan procesos de ventas. Pero la verdadera experiencia del cliente rara vez sale de un sistema o de la presentación de un producto. Sale del comportamiento de los profesionales. Por ejemplo, en:
• La forma en que escuchan a los clientes
• Cómo hacen preguntas y repreguntan
• El grado en que se sumergen en la situación del cliente.
Una sólida orientación al cliente significa ver más allá de la pregunta inmediata. Requiere curiosidad, atención y la capacidad de entender qué es lo que el cliente realmente intenta lograr. Cuando los profesionales se centran en comprender el contexto del cliente, la calidad de la conversación cambia automáticamente.
La conversación pasa de centrarse en un producto o servicio a centrarse en el desafío que el cliente quiere resolver. Eso transforma la interacción: de algo puramente comercial a una búsqueda colaborativa de la mejor solución.

Antes las ventas se centraban en la persuasión y la argumentación. Ahora el rol del profesional de ventas se está moviendo cada vez más hacia el de asesor. El enfoque no es el producto, sino la situación del cliente. Ese es el núcleo de la venta consultiva.
En la venta consultiva, los profesionales primero intentan entender qué le pasa realmente al cliente antes de presentarle una solución. En lugar de apresurarse a resolver, primero exploran a fondo el contexto. Eso requiere paciencia, conversaciones estructuradas y la disposición a reflexionar antes de lanzar una propuesta. Así se fomentan conversaciones más profundas, centradas en la colaboración y en soluciones que realmente aporten valor.
Cuando se aplica la venta consultiva, la dinámica de la conversación cambia. Las interacciones se vuelven menos transaccionales y más relacionales. El enfoque pasa de convencer al cliente a encontrar juntos una solución adecuada. Y eso es lo que sienta las bases de relaciones sólidas.
Para implementar esta forma de trabajar, hacen falta habilidades interpersonales: comunicación, escucha activa, empatía. Todo eso influye en cómo el cliente experimenta una conversación. Los profesionales con buenas habilidades interpersonales captan mejor las señales, profundizan en las conversaciones y generan confianza.
La inteligencia emocional juega un papel fundamental aquí. Ayuda a los profesionales a entender mejor las emociones, expectativas y dudas de sus clientes. Les permite comunicarse eficazmente, no solo en el contenido sino también en la relación. Pueden adaptar su comunicación a la situación y manejar mejor la resistencia o la incertidumbre.
Este tipo de habilidades marcan la diferencia entre una conversación de ventas estándar y una en la que el cliente se siente verdaderamente comprendido. Cuando los clientes sienten que se les escucha y que su situación se toma en serio, se genera confianza. Cualquiera que haya trabajado alguna vez en restauración, hotelería o agencias de viaje reconocerá este principio de inmediato.
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